El pepino (Cucumis sativus), perteneciente a la familia de las cucurbitáceas, se cultiva por sus frutos crujientes y ricos en agua, que se consumen frescos o procesados. Su sistema radicular es superficial y fibroso, con extensas raíces laterales, por lo que requiere un suelo suelto, fértil y bien drenado. El encharcamiento o la compactación del suelo comprometen el crecimiento y el desarrollo de los frutos. Los tallos son trepadores, herbáceos y carnosos, con hojas grandes; los brotes laterales requieren una gestión cuidadosa con un soporte adecuado, especialmente en sistemas de cultivo vertical, para optimizar la luz, la aireación y el cuajado del fruto.
El potasio y el calcio contribuyen a la firmeza y la calidad, mientras que el nitrógeno y los microelementos como el boro y el magnesio favorecen la floración y el cuajado del fruto.